LA OBRA POÉTICA DE GONZALO MÁRQUEZ CRISTO, Palabras de Fabio Jurado Valencia

Compartimos con ustedes las palabras de Fabio Jurado Valencia, para el maestro Gonzalo Márquez, en el homenaje a su vida y obra; jueves 7 de julio en Luvina.

LA OBRA POÉTICA DE GONZALO MÁRQUEZ CRISTO
Fabio Jurado Valencia

Cuando un amigo de nuestros campos muere, la voz de los poetas antiguos es una presencia. Así cantaba uno de los poetas mexicas en aquellos tiempos de los venados y del maíz fecundo:

VIDA EFÍMERA
Sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar:
no es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra.

En yerba de primavera venimos a convertirnos:
llegan a reverdecer, llegan a abrir sus corolas nuestros corazones,
es una flor nuestro cuerpo: da algunas flores y se seca.
(traducción del náhuatl, de Ángel María Garibay)

Lo que se seca, nos dirán, es la materia pero no el espíritu. Y sabían los poetas antiguos de este lado del mundo, que lo único que permanece, como rastro del espíritu, es el canto, hoy la poesía; son sabios quienes así lo consideran; la vida de los cuerpos es efímera, pero la vida de las ideas es eterna. “¡Sólo un instante aquí!”, porque “Hasta las piedras finas se resquebrajan”, nos dice el poeta mexica. Y esas ideas eternas son las que Márquez Cristo incorpora en ese texto sincrético, titulado Ritual de títeres (1992), donde le da la voz a los grandes mitos de occidente; Ritual de títeres es un poema en prosa, un poema cuya novela ha de construir el lector.

Los poetas, como los sabios, son protegidos por la comunidad y viven de componer los cantos: es el trabajo de pensar sobre cómo nombrar lo inefable; es decir, nuestros misterios, los de ayer y los de hoy, para explicarlos a través del verso y ayudarnos así a vivir en la utopía, a sentir la existencia, aunque ésta sea pasajera. Decían los antiguos poetas mexicas que hay un aire que sale de la boca al morir, cuyo halo queda entre nosotros, cuando el amigo se va. El yulio lo llamaron. Es lo que nos convoca cada vez que recordamos la vida y la obra del poeta; el yulio es como un susurro acompañado de imágenes sobre los grandes eventos de quien se fue; su presencia es más fuerte en el caso de los poetas, dada su potencia para avizorar los destinos humanos.

Sabían ellos que no es un dios quien decide el destino de saber cantar y narrar a otros, sino que es el ser mismo, el espíritu que indaga, el intelecto, como llamamos a esa fuerza interior que de manera extraña empuja hacia el camino de la incertidumbre, como lo es la ruta que elige quien porfiadamente quiere ser poeta. Cuánto hay de sufrimientos en esta decisión. Pero es una elección; no es que haya un camino sin salida y que solo el oficio de escribir poesía sea una alternativa; es una elección valiente en un mundo de mezquindades, como el de Colombia.

Ya, en “Descenso a la luz”, el poeta que, junto a Amparo Osorio, recibe a Los Conjurados, declara que “todo sufrimiento es inútil para quien no persigue la poesía, para quien no alimenta con sus ojos a las águilas”. Es que la poesía, en efecto, recoge los dilemas humanos y con las palabras el poeta se eleva en la búsqueda de respuestas; pero será solo una búsqueda; una búsqueda perenne; por eso existe la poesía y permanece en la memoria de todos el poeta que la construye. Esta elevación deviene del ensueño que la misma poesía encarna en la experiencia de la lectura y que luego reencarna en la nueva creación verbal. En “¿Y quién se atreve a recorrer mi memoria?”, en Oscuro nacimiento (2005), el poeta con verso libre confiesa:

Conocí los pájaros que escapaban de los libros. Las ventanas de viento, las puertas del agua. Después adivino el mantra carnal, el aluvión de signos. Caravanas de sombras arrasaron mi lecho. Padecí el exilio de un lenguaje demasiado antiguo.

Este lenguaje que deambula a través de los libros de Gonzalo Márquez Cristo es hermético, cerrado, barroco, altamente simbólico. Por eso necesitó también de las pinturas como otra entrada en la exploración de los misterios. Las portadas de los libros de la Colección Los Conjurados no son caprichosas ni producto del azar sino intencionadas; muestran que las palabras, como lo sintiera también César Vallejo, son insuficientes para nombrar las singularidades del mundo y de quienes lo habitan. Así, dice el poeta que habla en “Intensidad y altura”, voz de fondo y diálogo entre los textos de Márquez Cristo y César Vallejo:

Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.
(…)

Si las palabras son insuficientes, la imagen pictórica es solidaria en el develamiento de los misterios. He allí la presencia de Fernando Maldonado, de Armando Villegas, de Alberto Giacometti, de Jim Amaral, de Ángel Loochkartt, entre otros, pintores que aportaron en el camino de materializar un proyecto editorial para el país y el continente. Pudo el poeta avanzar, en esa persistencia por reclamar el derecho a la poesía y al arte en el país de la entropía aguda.

Haber trabajado conjuntamente en una antología de la poesía colombiana a partir de la obra de Aurelio Arturo, considerar los análisis sobre la obra de Rulfo, celebrar el día mundial de la poesía y participar continuamente en Viernes de Poesía, de la Universidad Nacional, con la presentación de los libros de Los Conjurados, es la revelación de las alianzas que son hoy tan necesarias para quienes aspiramos a vivir en un país mejor, al menos en un país de lectores críticos. La misión del poeta, como lo quisieron los nahuas, la cumplió Gonzalo Márquez:

Brotan las flores, medran, germinan, abren sus corolas:
de tu interior brota el canto florido que tú, poeta,
haces llover y difundes sobre otros.
(versión de Ángel María Garibay)

Anuncios